sábado, 11 de julio de 2009

Al abrir los ojos encontró una piedra tallada que alguien, durante el sueño, había dejado a su lado. El grafito habìa grabado sobre la piedra la siguiente estela: El General blanco raptó a la joven princesa y la llevó volando hasta una isla de arena y blanca piedra, cándida, donde la hizo suya. En compensación le hizo tres regalos, un autómata de bronce, un arco que jamás erraba el blanco y un perro inmortal. Fruto de este rapto nacería un hijo que luego sería el Jefe de la tribu del Búfalo Estrellado. Aquel, en venganza por la violación de su madre, hizo construir junto a los bosques de sequoyas un laberinto casi infinito, guardado por un búfalo estrellado de pecho ancho como el cielo, donde entraban todos los blancos y bárbaros que llegaban a la tribu. Por la noche se oían los gritos de agonía de los vistantes al encontrar al Búfalo. Nunca, hasta ahora, había logrado nadie salir del laberinto. Pero alguien llegará, en la desnudez de mayo, por la laguna de las aguas verdes a contarnos el quieto poder de las flores, la última respuesta a la ilusión perdida. Así acababan la estela y el sueño.

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